LA MUÑECA


Hace tiempo, mi amiga Leonor me habló de sus años perdidos Ella había estado fuera. Fuera de España, de la isla en la que ambos nacimos, en cierto modo de sí misma.
       Primero, Barcelona: 1999, dieciocho años recién cumplidos; supuestamente iba a iniciar estudios superiores. Sus planes eran confusos, poco fiables: quizás haría una prueba en el Conservatorio para un grado superior de música; quizás podría hacer una filología (se le daban bien los idiomas); quizás algo completamente distinto a todo lo anterior. Cierra los ojos. Se ve a sí misma en el Parque Güell, con la cabeza llena de humo y dudas.  Se ve a sí misma en una habitación fría y vacía, durmiendo sobre un par de mantas, sin decidirse a gastar un céntimo de sus escasos ahorros en un colchón. Ahora Leonor, en la distancia, tiene la impresión de que solo hizo una pequeña pausa; miró a su alrededor, y luego siguió huyendo, deprisa, cada vez más deprisa. Esa tarde en Barcelona, bajo un cielo en ruinas plagado de atisbos de tormenta, Leonor inició su exilio secreto: trazó una línea de sangre a través del pasado: lo que se extendía a su espalda, era nada; a lo que sucediera a continuación lo llamaría Vida. Se marchó de Barcelona, ignoró cualquier intento de acercamiento de su familia y amigos y, a partir de ese instante, se acostumbró a cruzar fronteras.
                De los diecinueve a los veintiséis años, llevó una vida itinerante. En esos algo-más-de-seis-años, Leonor demostró que no era una persona que careciera de recursos; aunque eso es algo que no resultaba tan extraño: se había criado en una caravana en el camping más sucio y deprimente de la isla; desde su mismo comienzo toda su existencia había descansado en una esencial inestabilidad. Se movía con arrogancia, pero también con un absoluto desamparo, por un territorio ignoto Percibía una incesante confusión a su alrededor. Lo que, unido al consumo de ciertas drogas, hizo que el recuerdo de esos años fuera más bien impreciso y esquemático. Ahora, durante sus noches de insomnio, sus tediosas e interminables noches de insomnio, al evocar su anárquica trayectoria a través de países, carreteras, aeropuertos y vías ferroviarias, piensa que es como reconstruir el caos nocturno de un largo sueño o de una serie de sueños encadenados a la despiadada luz del día.
            Se confunden en su cabeza las pensiones, los campings e, incluso, los espacios al raso. Se confunden los cuerpos junto a los que había reposado -o no- unos minutos, o unas horas o más raramente una noche entera, los rostros de aquellos que se volvieron hacia ella con simpatía, la recibieron con indiferencia o la rechazaron. Tiene la impresión de haber recorrido un libro ilustrado con las páginas en completo desorden o de haber visto una película a compuesta de fotogramas o escenas aisladas de otras muchas, todas entremezcladas sin el menor sentido narrativo en una cinta fantasma; o de haber probando de videojuego lleno de repeticiones, escenarios vacíos y bugs cuyo único y secreto objetivo fuera el de enloquecerla. Y además, en ese periodo, apenas sabía nada de lo que ocurría en el mundo: no veía las noticias, no hojeaba los periódicos que se encontraba abandonados en los vagones del metro o del tren. Trataba de no hallarse en compañía de otros españoles.
          Fue dando tumbos por Francia, Gran Bretaña y el Benelux, intercambiando trabajos basura, durmiendo -o no- en tiendas de campaña anegadas por aludes de barro, en pensiones instaladas en sótanos, en viviendas inmundas.  Durmió sobre un banco de piedra empapado de rocío en la vieja estación de un pueblo belga, hasta que estuvo a punto de ser violada por el vigilante nocturno. Durmió en la estrecha litera de un albergue público, utilizando su mochila como almohada. Durmió en un segundo sótano que olía a cloaca, imaginando que los hombres topo de los tebeos de Spiderman derribarían las paredes, y la secuestrarían, y la conducirían después hasta su reino secreto, en las entrañas de la tierra. Durmió en pisos ruinosos, atestados de cachivaches cubiertos por densas capas de polvo y copiosas telarañas. La asaetearon innumerables chinches. Pilló en una ocasión la sarna. Estuvo unos meses en una granja ecológica de Normandía. Trabajó como camarera en un hotel de Rotterdam (durante los días libres fumaba hachís con sus compañeras marroquíes en una buhardilla, contemplando por una ventana redonda como la del camarote de un barco las calles lavadas por una lluvia incesante, una lluvia que parecía a punto de ahogar el mundo).
              Sin embargo, la idea de volver no había asomado a su cabeza en todos esos años. Pero sucedió. El momento de ruptura se produjo cuando la contrataron en una fábrica de las afueras de Lille, en una especie de cadena de montaje. Pensaba que ensamblaban algún tipo de electrodoméstico. No entendía muy bien lo que hacía, tal vez porque la mayor parte del tiempo estaba bajo los efectos de alucinógenos, flotando a varios metros de su cuerpo, gracias a unas alas que algún ignoto agente químico había colgado de su espalda. Por supuesto, no superó el periodo de prueba. Justo antes de ser despedida descubrió que, en realidad, fabricaban como unas gordenzuelas muñecas de plástico de largas trenzas rubias que podían hablar y caminar. 
           Eso, de algún modo, la perturbó. Mientras que buscaba (con escaso entusiasmo) un nuevo empleo, soñó repetidamente que la perseguían versiones gigantescas de esa muñeca, criaturas robóticas de varios metros de altura y despiadados ojos azules a través de una ciudad ruinosa y vacía que era una combinación de todas las ciudades donde había residido a la fuga. Aguantó varias semanas. Pero, finalmente, reunió su limitado equipaje y tomó un tren, y luego un avión, y un día me llamó por teléfono para contarme que acababa de regresar. Nunca supo el nombre bajo el que se vendía esa muñeca ni la vio jamás en ningún escaparate.

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